La maldición (parte II)
la maldición podía más que él:
siempre abrevaba del jaguel
y sentía ya ganas de morir.
Sus vecinos murmuraban
pues nunca pasar le veían
pero al amanecer presentían
que él a hurtadillas regresaba.
Él no recordaba nunca nada,
¡ni siquiera se daba cuenta!
Solo sabía cuánto la amaba
pues ella lo esperaba despierta.
Veía la sangre de sus heridas
traía las ropas sucias y rotas,
su mano como un perro lamía
y le resguardaba al llegar el día.
Desaparecieron algunos corderos
¡pronto alguien alborotó el avispero!
Comenzó la caza del licántropo
y allí él se volvió un misántropo.
Ella le rogaba que se encadenara,
llenó la casa de ruda, cruces y ajo,
siempre en sus manos un crucifijo
y mientras tanto rezaba por lo bajo.
La fisonomía de su bienamado
ya no se parecía en nada al mozo,
poco a poco se iba transformando
y día a día desaparecía lo hermoso...
También su carácter sufrió alteraciones
-ya no reían juntos ni paseaban de día-
él ya no demostraba por ella simpatía
y aborrecía cada una de las estaciones...
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