Arcaísmos (colaboración)

Era una noche muy obscura,
fría, ventosa y carente de luna;
buscábate yo a ti, mi remesino,
que eras dulce como ninguna.

Mas lo hacía con muy mal tino,
todo parecía una mera conseja,
fui a dar en una triste tapera,
y fuiste sustituida por una vieja.

Mi corazón estaba confundido:
parecía yo ya un albuznaque,
volaban los días en el almanaque
y con mucho ron mojaba el gaznate.

Completamente ebrio y locuaz
-aunque no había bebido asaz-,
rascaba yo mi vapuleada cabeza
y la vieja mostraba su ombrigo.

Bajo su manta busqué yo abrigo
mientras ella preparaba cazuela
-como las que hacía mi abuela-
y molía también harina de trigo.

Entre ambos no fluían palabras
-era muy, muy poca su fermosura-
y al caer al suelo sus vestiduras
corrí presuroso a la alambrada.

Con un chal encima echado
corrió ella como una gallina
¡refugiéme yo en una esquina!
y pasó ella sin verme tumbado.

Aunque era mucha mi hambruna
me asusté de su cara tremebunda,
de su ira...¡estaba más que furibunda!
y toda su apariencia era hombruna.

Este lío tengo bien merecido
por no haber salido contigo,
por no saber bien descoger
ni estar en casa al escurecer.

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